
Los editores de Marvel Comics quisieron hacer un tributo a los caídos por un ataque terrorista a la ciudad de Nueva Cork que sucedió el 11 de Septiembre del 2,001 destruyendo el Centro de Comercio Mundial (conocido por muchos como “las Torres Gemelas”) y decidieron que el héroe más representativo de la ciudad –y conocido mundialmente- fuese quien protagonizara mesuradamente este evento en EL SORPRENDENTE HOMBRE ARAÑA #36 por J. Michael Straczynski y John Romita Jr. El publico lector del extranjero se compadeció de la gente que sufrió ese “11-9,” pero el numero tuvo un efecto que polarizó a sus lectores de su propio país, hasta el día de hoy, una mitad piensa que fue una sincera muestra de respeto y la otra mitad piensa que se trivializó lo acontecido al incluir súper héroes dentro de la historia.



Uno puede ver lo que Junior piensa y se comprende su decisión, al mismo tiempo, como lectores y compradores, se nos permite estar de acuerdo ó no con él. Pero, de todas las herramientas artísticas y literarias a su disposición ¿por qué el hijo de John Romita escogió hacer llorar al rey tirano de Latveria? El infame Doom no tiene reparos en tomar vidas inocentes ó culpables. Uno no puede culpar a la gente que paga buen dinero para leer los comics de Marvel durante años y conoce al peor enemigo de la humanidad, para verlo llorando ¿por qué un edificio ha sido destruido con gente en su interior? Eso esta fuera del personaje ¿Cuántas veces no ha hecho cosas peores que eso? Algo más dentro de la línea con sus personalidades de Doom, Magneto y todo villano presente (ó ausente pero enterado de la tragedia) estarían sonriendo, riendo y felicitando al líder terrorista por un trabajo bien hecho, todos celebrando en algún lugar oculto. Y Doom se pondría a llorar por mal perdedor, porque a él se le adelantaron con la idea y le quitaron su galardón de mejor villano de ese año. Si Joe Quesada ó alguien en la oficina editorial se hubieran avivado y hecho llorar a Kingpin, el Rey del Crimen, en vez de Doom, tal vez habría una leve mejora en la aceptación estadounidense. El voluminoso Wilson Fisk es neoyorkino (hasta se enfrentó a las fuerzas del Cráneo Rojo por la amenaza que representaba a su país) él es un hombre de negocios criminal, pero es un hombre de negocios criminal estadounidense. Aun con su malvada actitud, él considera a Nueva Cork como “SU” ciudad. Hubiera tenido más sentido que llorara Kingpin, quizás Magneto, pero no habría sido comercialmente impactante. Magneto ya ha llorado antes y Fisk estima a su manera a la ciudad, para los editores eso no afecta mucho para conseguir atención del consumidor. Ver el llanto sincero de un héroe hubiera tenido mucho más sentido. Eso hubiese sido más conmovedor y motivador, como cuando la Cosa estaba lloroso durante LA MUERTE DEL CAPITAN MARAVILLA de Jim Starlin. Ver llorar a Doom -Ruina, Condenación, Juicio Final, Destino y todos esos sinónimos negativos- NO TIENE SENTIDO. Maldad es maldad, punto. Y maldad de gran magnitud estaría probablemente riendo ante la consternación. Es una norma mundial en nuestra sociedad que las personas se quejen con la esperanza que esas quejas sean escuchadas y se mejoren las cosas, en este caso, las narraciones que se realizaran en el futuro. Al menos, eso es lo que muchos ven desde su punto de vista. Las críticas se aplican a cualquier clase de historias, incluyendo la del 11/9. Algunos en la industria del comic estadounidense, piensan que porque la historia a tratar es seria ó de un tópico controversial y que contenga simbolismo, debe estar más allá de todo reproche. Dr. Doom llorando en los escombros y parado junto a un grupo de otros súper villanos melancólicos es un claro ejemplo de sentimentalismo-depresión. Aquí no se desaprueba la escena por no entender lo que esta sucediendo (“Mmm, ¿Doc Doom lagrimeando? ¡Alto ahí! Dr. Doom no llora nunca ¡así que eso debe significar que el 11/9 es triste para todos, hasta para los chicos malos!”) No es una ilación difícil para dibujar. Se entiende porque los involucrados hicieron lo que quisieron, ellos estaban conmovidos por la situación, pero la escena continúa siendo un pedazo pésimo de narración. Fue estrepitosa y tediosamente manejado –editorialmente hablando.
Los lectores no deberían sentir imposición sobre sus emociones (en especial a los lectores estadounidenses, cuando les imponen tristeza al mencionarles el 11/9) más bien, las emociones deberían surgir naturalmente desde la historia.
Escrito por Héctor Augusto Sovero Gastañeta.
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